lunes, 24 de marzo de 2014

Leído: La intrusa de Éric Faye


Una preciosa novelita sobre la vida de dos personas solitarias en el Japón actual, y como todo en la vida se va entrecruzando. Me gusta mucho las dos partes de la novela, la primera desde el punto de vista de el, y la segunda desde el punto de vista de ella, que además esclarece el misterio que da pie a la novela.  No sé por que siempre me impagino como un país de individualidades, y de pocas amistades y de personas solitarias, muy solitarias, quizás por la lectura de la obra de Haruki Murakami, creo que yo me estoy convirtiendo en una japonesa. Una pequeña obra muy muy recomendable.


Obra ganadora del Gran Premio de la Academia Francesa, esta novela de Éric Faye —autor reconocido por plantear con sencillez los grandes temas que afectan al hombre moderno— se basa en un caso real para explorar el influjo que la memoria de los lugares que habitamos ejerce sobre nuestra conciencia. De profesión meteorólogo, Shimura lleva una vida solitaria y metódica que transcurre con precisión milimétrica entre el trabajo y su casa, un microcosmos de orden y pulcritud a las afueras de Nagasaki. Sólo el canto ensordecedor de las chicharras es capaz de alterar una rutina tan previsible hasta el día en que Shimura cree percibir pequeños cambios en la impoluta organización de su hogar: un yogur que desaparece de la nevera, el zumo de naranja que se evapora, la tetera fuera de su lugar habitual. No parece obra de un ladrón, pues todos los objetos de valor siguen en su sitio. ¿Se trata, pues, de una amante despechada, de un espíritu en busca de venganza, o incluso peor, de una alucinación? Para dilucidarlo, Shimura instala una cámara en la cocina y, perplejo, descubre la presencia de una mujer desconocida, una intrusa que lleva un año viviendo en un armario de la casa. Al exponer con exquisita sensibilidad los vericuetos de su mundo interior, la historia de Shimura adquiere una resonancia universal. De manera casi imperceptible, la novela cuestiona nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los demás, y su lectura perdura como un temblor de tierra, inofensivo pero indeleble.

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