Últimamente tengo la sensación de que todas las chicas de entre veinte y treinta años se parecen. Son delgadas, llevan el cabello largo, negro y liso, apenas se maquillan y visten con una paleta de colores neutros. No llevan pendientes, ni pulseras, ni nada que las distinga. Como si hubieran decidido borrarse poco a poco, renunciar a cualquier adorno, a cualquier extravagancia, a cualquier gesto que las hiciera diferentes. Las miro por la calle y, a veces, me cuesta distinguirlas. Es como si la juventud hubiera inventado un uniforme invisible, una manera de estar en el mundo sin llamar demasiado la atención, aunque todas acaben llamando la misma.
Y entonces, un día, sucede. No sé cuándo exactamente, pero algunas de aquellas largas cabelleras negras empiezan a clarear. Aparecen las primeras mechas rubias, los reflejos dorados, los cabellos que antes caían como una cortina de tinta ahora se iluminan con tonos de miel. Es un cambio casi imperceptible, pero basta para que algo se desplace. Como si, de pronto, hubieran cruzado una frontera invisible, como si el tiempo les hubiera susurrado al oído que ya pertenecen a otra categoría. Y pienso que quizá cada edad tiene su propio uniforme, sus códigos secretos, sus maneras de parecerse sin haberse puesto de acuerdo. Lo curioso es que pasamos media vida intentando ser diferentes y la otra media aprendiendo a parecernos a las demás.
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