Libros leídos, películas vistas, curiosidades de la vida, cosas tejidas a ganchillo
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domingo, 20 de enero de 2013
Leído: Mejor Manolo de Elvira Lindo
8/100 de Desafio 2013
5/25 de Reto 25 españoles
Soy un ferviente admiradora de Manolito, y ahora que se me hace mayor, siento la misma pena que su abuelo, cuando le dice que para el siempre será Manolito, en la parte final del libro. Lo conocí gracias a mi amiga G., y los tengo todos, todos, alguno incluso firmado por Elvira Lindo, y cuando supe que sacaba uno nuevo de él, mi cara reflejo una sonrisa enorme. Este libro se me ha hecho corto, y eso que para no leerlo de golpe, lo he tenido que dosificar con un capítulo diario. Me ha gustado mucho, el cambio que ha hecho el Imbécil, y la nueva hermanita, la Chirly, es tremenda y genial, aunque nadie supera a mi Manolito y a su abuelo.
Quiero a Manolito
Por fin, lo que todo el mundo mundial estaba esperando. Llega la nueva aventura del inimitable Manolito Gafotas.. El célebre Manolito Gafotas regresa con un nuevo episodio de la serie galardonada con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. El mundo ha cambiado en estos diez años, Manolito ha crecido. Por sus páginas desfilan todos los personajes que han dado color a la colección: su madre Cata, su padre Manolo, el abuelo Nicolás, su hermano menor, conocido como «el Imbécil» y destronado por la nueva hermanita, «la Chirli», la sita Asunción, el Orejones, el chulito Yihad? La inimitable mirada de Manolito Gafotas ilumina nuestra realidad (la del mundo mundial) con la agudeza y la frescura de siempre.
jueves, 20 de octubre de 2011
Leído: Manolito Gafotas de Elvira Lindo
Núnca he sido ni el petit Nicolás, ni de Guillermo el travieso, ni de ningún niño extranjero que te explica unas historias fantásticas alejadas de la infancia española. Soy de Manolito Gafotas. Me encanta. Siempre que leo sus historias me "parto de la risa" y son las mejores historias "del mundo mundial" y acabo diciendo cosas como "corta el rollo, repollo".Y ahora he empezado a leerselas a mi speedy, que se parte de risa, aunque haya cosas que no acabe de entender, pero lo básico, que Manolito vive con sus padres, con su abuelo, con su hermano en un barrio normal, en un cole normal, que coge el metro, que vee la tele y que come chucherias lo entiende.
Hay veces que crear un personaje cuesta mucho trabajo; uno ha de darle una edad, una ciudad, unos deseos, una historia que habitar; hay ocasiones, en cambio, en las que parece que el personaje existiera antes de que uno se decidiera a dibujarlo. Esa es mi relación con Manolito. Parece que hubiera estado esperando en un banco del parque del Ahorcado a que alguien llegara para pillarle por banda y contarle su vida, la de sus amigos, la de su vecina la Luisa. Yo le escucho desde hace mucho tiempo, con esa voz que yo inventé para él en la radio, cuando nació como personaje hace ya unos años. Ha crecido de tal forma su personalidad que cuando oigo alguna grabación antigua no tengo la impresión de ser yo interpretando a un niño, sino de estar escuchando a un chaval de carne y hueso. Y esa voz de Manolito me acompañó a la hora de escribir sus aventuras.
A veces me parecía como si él me fuera dictando. Nada hay de premeditado en las correrías de Manolito por su barrio, yo soy la primera sorprendida: por ejemplo, no puedo hacer nada por evitar que se junte con Yihad, el chulito del colegio, me gustaría decirle que no jugara con él porque siempre sale perdiendo o que le plantara cara de una vez por todas; pero lo que Manolito siente por ese pequeño macarra es miedo y admiración; tampoco puedo evitar que llame a su hermanito el Imbécil, además, con el tiempo, ese mote se está convirtiendo en un apelativo cariñoso; me gustaría avisarle antes de que se la cargue con su madre, pero no tengo que meterme en su vida, ni darle lecciones morales, ni avisarle de lo que está bien dicho o mal dicho, que lo haga su sita Asunción. Yo sólo puedo asistir, sin opinar, a su conocimiento del mundo. Siguiendo sus pasos, escribiendo Manolito Gafotas, me he reído muchas veces –seguro que Manolito se mosquearía si lo supiera, los niños tienen mucho sentido del ridículo– porque este niño tiene una mezcla de ingenuidad, lenguaje técnico traído por los pelos y sabiduría, que a mí me hace mucha gracia. Querría que los chavales que leen este libro se sintieran identificados con mi héroe, un héroe sin poderes sobrenaturales, un héroe que no es ni el más listo, ni el más fuerte, que no es un líder. Lo que sí tiene es conversación, sentido del humor y ganas de conocer su inmenso mundo, un barrio llamado Carabanchel. Creo que es lo que uno desea en un compañero de viaje, también estoy segura de otra cosa, decía antes que Manolito existía antes de existir en este libro, que estaba esperando a que alguien fuera a descubrirle: ese descubrimiento sólo podía hacerlo yo porque Manolito se parece mucho a alguien que yo fui hace algunos años y que sigo siendo hoy a ratos cuando me deja.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Leído: Lo que me queda por vivir de Elvira Lindo

Soy una ferviente seguidora de Elvira Lindo, adoro sus manolitos, me encanta sus tintos de verano, me gustan sus artículos dominicales en el País, pero no acabo de disfrutar con sus novelas, la anterior Una palabra tuya no me convenció y esta me ha entristecido tanto, que he estado un par de veces a punto de dejarla, pero le he dado una oportunidad y me lo he leido todo, y aún así he acabado con mal sabor de boca. La historia de una mujer joven (como yo), huerfana de madre (como yo) y además de una enfermedad parecida, con un hijo de una edad similar a mi speedy me ha llegado al alma y me ha entristecido mucho. Quizás la releere en unos años y me entusiasme un poco más. Eso sí, continuaré leyendo a lindurri. Quizás relea, tengo una sonrisa en la cara, los tintos de verano, que me encantan y me alegran el día.
Antonia tiene veintiséis años cuando se ve sola con un niño de cuatro en el cambiante Madrid de los ochenta. La suya es la historia de un viaje interior, el de una mujer que se enfrenta a la juventud y a la maternidad mientras intenta hacerse un lugar en la vida, en una ciudad y en una época de tiempo acelerado, más propicio a la confusión que a la certeza, sobre todo para alguien que ha tenido una experiencia demasiado temprana de la pérdida y de la soledad.
Lo que me queda por vivir es la crónica de un aprendizaje: cómo se logra a duras penas sobreponerse a la deslealtad; cómo el desvalimiento y la ternura de un hijo alivian la fragilidad de quien ha de hacerse fuerte para protegerlo. Lo que me queda por vivir tiene la fuerza de las novelas que retratan un tiempo al contar unas vidas singulares, hechas por igual de desamparo e inocencia. La escritura de Elvira Lindo alcanza aquí una belleza sobrecogedora, yendo derecha al nervio de las cosas, al corazón de esas verdades sobre la experiencia que sólo puede contar la ficción.
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